Resignificar los acuerdos

Por: Equipo Njambre

03/19/2020

¿Cómo encontrar el verdadero anhelo?

POR: FEDERICO SEINELDIN

 

Como ciudadanos de sociedades difusas, hemos perdido el valor de los contratos; parecería que nuestra palabra ya no vale, incluso hemos perturbado el significado de muchas palabras. Si nos remontamos al pasado, cuando los seres humanos éramos pocos o estábamos organizados en pequeñas sociedades, las personas podían comprometerse con la palabra y eso era suficiente para que todo funcionara. Cuando empezamos a crecer en número, a anonimizarnos, a complejizarnos, surge el Estado y su estructura como garante de la palabra y de nuestras transacciones; hasta llegar a que hoy necesitamos un escribano “garantizando” que ambas partes dicen ser quien son y/o cumplan con lo acordado, o el registro civil para validar la íntima intención de una pareja de unirse y convivir, por no considerar que las personas pueden lograrlo por su cuenta.

Es común escuchar que hoy “la palabra ya no vale”, que los códigos se perdieron y que antes se honraban las promesas. Hoy, los acuerdos han sido desdibujados. Estamos inmersos en una paradoja de escala: tenemos Estados demasiado grandes como para resolver los problemas micro de las personas; pero limitados e insuficientes también para hacerles frente a los desafíos planetarios. Lo mismo nos sucede a las personas: no entendemos lo que nos pasa, de dónde viene cada cosa y en qué lugar estamos parados, se nos confunden derechos, con deberes, con la ley, con la cultura y con las posibilidades y la incertidumbre del devenir.

En este contexto en Njambre queremos y proponemos volver a “significar los acuerdos”, volver a ponernos de acuerdo. Para eso, sabemos que es necesaria la confianza, que va más allá de lo que el Estado o un tercero diga o garantice, y tiene que ver con el libre albedrío y la visión que cada uno tiene de lo que quiere ser y ser con otros (del bien común). Para elegir el paradigma en donde queremos vivir, es necesario volver a resignificar los acuerdos, tener nuestra propia cosmovisión.

La raíz etimológica de ‘acuerdo’ viene de cordis (corazón en Latín), o pasar las cosas por el corazón. Tiene la misma raíz que recuerdo, y está relacionado con volver al sentimiento más humano, a las preguntas fundamentales: por qué hacemos lo que hacemos, por qué somos lo que somos como especie. Volver a significar es, entonces, volver a darle significado y valor a lo que somos y sentimos, valorarnos a nosotros y a los otros. Sin esta mirada, caemos en un reduccionismo y un racionalismo extremo, en el que solo en el mejor de los casos podremos procesar experiencias y creer que las soluciones son solo científicas o legales o sociales, pasándonos por arriba como algo de poca importancia el trabajar con los insondables temas del ser.

Siguiendo con los orígenes, que son siempre reveladores, nos gustaría también hacer un paralelismo con la raíz etimológica de la palabra “organización”, para ilustrar cómo este concepto, de cuando los humanos nos organizamos, está imbricado con la resignificación de acuerdos. Los humanos, como seres sociales necesitamos estar incluidos en organizaciones y es así como escalamos nuestros impactos, saberes, alcances, conversaciones, etc. 

El origen de la palabra organización viene del latín organón, que significa órgano, que a su vez significa unión armoniosa, todo aquello que posibilita la vida. El fin de cada órgano es servir al resto de los órganos, al cuerpo para posibilitar la vida; entonces, análogamente, el fin de las organizaciones debería ser el de servir en una unión armoniosa a nuestra sociedad, posibilitando su existencia. Un órgano u organización que crece desmedidamente sin importarle el resto del sistema, pone en jaque a toda la matriz de sostenibilidad.

Mientras tanto, en nuestra itinerancia como especie, hemos perdido la razón de nuestro significado, de nuestro valor, de nuestra mirada y por ende solo nos abocamos a buscar los  responsables de nuestros problemas o bien soluciones mágicas que nos salven.

Por eso, siempre decimos que hay que pensar más allá de los resultados, y eso no quiere decir que no haya que medir, sino ir más allá. Desde Njambre creemos que es fundamental creer en lo que hacemos y comprender para qué lo hacemos. Lo único que nos salva son las conversaciones constantes, que significan y resignifican, con todos lo públicos, pero sobre todo los públicos internos y el más interno (nosotros mismos).

En definitiva, la invitación es a recuperar la capacidad de pasar la realidad por el corazón, para no vivir en una irrealidad racionalista. Para hacerlo, es preciso reencontrarse con uno mismo y emprender un camino de interpelación: que cosas pasamos por el corazón, que cosas por la cabeza, que cosas nos dan sentido. En Njambre nos interpelamos, entendemos qué cosas sirven para un modelo y cuáles son mejores para otro, y reacordamos. Además de los resultados y de volver a recordar y reacordar, valoramos mucho la intención.

En su origen, las empresas surgieron para terminar con el hambre, entonces ¿por qué parece tan extraño que una empresa esté incorporando al trabajo en tecnología a jóvenes de barrios populares sin experiencia previa?. Estamos tan cegados por el tamiz de otra realidad, que lo más natural del mundo nos parece extraño. Desde Njambre somos buenos interpelando distintas realidades y volviendo a ponerle valor a lo no mirado. 

Demostramos, en la pequeña posibilidad que tenemos, que las cosas pueden hacerse distintas y, en ese hacer distinto, está incorporada la búsqueda interna de cada uno de los que estamos involucrados. El gran diferencial tal vez sea el ponerle a la organización la búsqueda de un anhelo, cargado de sentido, de los que la conformamos; haciendo orgánica la resignificación constante de los acuerdos.

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